Parece como si la realidad biológica del humano, al ser un animal tan social, nos obliga a compartir con todos alguna experiencia, un recuerdo, una anécdota.

¿Y qué tan favorable es eso?

Viajas a un rincón del mundo, una travesía que añoraste por años y te costó mucho convertir en realidad.

Exploraste, conociste, te emocionaste y regresas con un bagaje de memorias dulces.

De pronto, siguiendo la emoción del viaje y ese legado evolutivo, decides compartir algunas fotos en redes sociales solo para obtener unos cuantos «me gusta».

Ya estás acostumbrado(a) a ese mundo digital, no te afecta tanto, pero es momento de mostrar las fotos de tu viaje a amigos y familiares.

Unos pocos aprecian tus fotos, las admiran, te preguntan sobre las costumbres, las personas con las que te topaste, los alimentos que consumiste. Algunos porque tienen interes intelectual en el país que visitaste, y otros simplemente porque te aman y saben que esa aventura significó mucho para tí.

¿Y que tal los otros? Tus sobrinos ven tus fotos por dos segundos sin preguntar. Tan mal acostumbrados al contenido expres de las redes sociales que ya no distinguen entre mundo real y digital. Tu tío o tía ultra católico(a) que piensa que descenderá al «infierno» por ver o preguntar sobre una foto de alguna mezquita o templo que te topaste de una religión contraria en la travesía. O tu primo que ve tu album de fotos como catálogo de zapatos sin el menor tacto o interes por tu experiencia.

Duele.

No porque busques atención, reconocimiento, o adulación y no la encuentras. No, duele porque compartes un momento importante en tu vida con personas que amas, y muchas de ellas no muestran un mínimo interes en lo que para tí fue trascendental.

Quizás allí, te das cuenta, que vale la pena ser selectivo(a). No por arrogancia, sino como autoprotección. Compartir algo valioso, como el recuerdo de un viaje, la anecdota de un momento mágico, el recuerdo de una persona especial debería tratarse como un tesoro que solo compartes con aquellos y aquellas con el corazón listo para apreciar.

Es difícil, a veces, saber quienes son esas personas. Tal vez, es el amigo(a) que te escucha con atención, porque te aprecia. Es el hermano(a) que pregunta sobre tu sentir cuando has vivido algo grande porque te valora. Es el maestro(a) que te invita a recordar porque te ha visto crecer en tu inmensa humanidad. Allí están, listos y listas para escucharte, para apreciar tus experiencias, para aprender de tí. Solo falta poner atención y reconocerlos.

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