Muchas veces esperamos esa graduación, ese importante empleo,
tener nuestra propia casa, el romance anhelado.

Muchas veces esperamos la llegada de ese gran salario,
la compra de ese auto deportivo, o el reloj de alta clase.

Y así se nos va la vida….esperando.

Esperando el momento en el que podamos ser «felices».
Y, cuando obtenemos lo que deseamos, la dicha es temporal, pasajera.

En menos de lo que canta un gallo, la necesidad y el deseo regresan a nuestra cotidianidad, y el sentimiento de vacío se apodera de nuevo de nosotros.

Se vale tener sueños, se vale tener metas. Como expresó Wessel Zapffe en su momento: El humano es un animal trágico, necesita sentido en un mundo sin sentido.

Y sin embargo, en el proceso de lucha por ese sentido, están las oportunidades para agradecer, los pequeños momentos de dicha que nos da el existir.

El trago de agua, el calor de una taza de té, la belleza de la luna, el brillo de la estrella, la página de un libro, el aleteo del colibrí, los pétalos de una flor.

Quizás, podríamos empezar por revisar más seguido la lista de cosas que pueden despertar nuestro agradecimiento por vivir. Y no solo enfocarnos por aquello que carecemos y que nos alejan de los motivos con potencial para hacernos sonreír.

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