Creo, y esto es muy subjetivo, que algunas personas están confundidas sobre el manejo de las emociones. Se inició una contracorriente en contra de la idea de satanizar emociones cómo el enojo y la tristeza, pero quizás no quedó del todo claro.
Aceptar el enojo, no es dejarse llevar por este. «Mentado madres» a diestra y siniestra. No. Más bien, se reconoce el enojo, se acepta, se siente y se deja ir. Verlo pasar cómo una hoja de árbol por la superficie de un río.
Es allí, dónde yace la realidad sobre la frase «amabilidad es fortaleza». Sientes el enojo ante el insulto del conductor del otro vehiculo, y tú, reconoces, aceptas, sientes, y dejas ir. Todo esto, con la ayuda de la respiración consciente.
Vives una falta de respeto de algún compañero(a) en la escuela o trabajo. El enojo arriba, como un jinete galopando con virulencia por todo tu cuerpo. ¿Qué haces? ¿Te dejas guiar por este? ¿Recordando ofensas pasadas, preparas tus armas para arremeter al o la agresora con una avalancha de majaderias? o ¿Reconoces, aceptas, identificas, dejas ir el enojo y al final defiendes tus derechos con ecuanimidad, con ayuda de un enojo controlado?
¡Qué fácil! Escribir todo esto en la soledad de una estancia, ante la ausencia de miles de estimulos externos que pueden despertar a ese enojo y echar por tierra la amabilidad. Quizás es lo que estás pensando, quizás no, pero yo te entiendo, y estoy consciente que la dificultad de esta labor es inmensa.
Pero, vale la pena, anteponer la amabilidad cuando el enojo nos quiere dominar, es verdaderamente una pericia exquisita de auto control. Y vale la pena, no solo por tu bienestar físico y mental, sino por rescatar el sentido de comunidad, qué tanto nos hace falta en nuestra sociedades.
Al final, te darás cuenta, que amabilidad es fortaleza cuando controlas el enojo que despertó por una situación en el hogar o el trabajo, y no lo descargas ante el camarero del restaurante o la cajera del supermercado. Y en lugar de eso, decides interactuar con ellos, esbozando una sonrisa grácil aún cuando el enojo te hierbe la sangre. Allí, es dónde está el reflejo de tu fortaleza, en tu amabilidad.
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